• Tres entradas en lo trágico contemporáneo y un poco más...

    JEAN-FREDERIC CHEVALLIER

    Ensayo publicado en la revista Educación Estética # 3, Bogotá, 2007. pp. 253-309.

    Universidad Nacional de Colombia. ISSN: 1909-2504.

     

    Theoretical texts

     

    Cuando se evoca lo trágico, se piensa siempre en la tragedia, y más específicamente en la tragedia ateniense del quinto siglo antes de Cristo. Si, como apunta Bataille, “la experiencia es el cuestionamiento, con fiebre y angustia, de lo que un hombre sabe del hecho de ser”, la tragedia griega se vuelve el espacio privilegiado para vivir esta experiencia. La fábula trágica es siempre fábula ontológica porque, siempre, implica al hombre. El performance trágico es un ejercicio de simulación y de estimulación para asir un inaprensible, el de todo ser humano. Pensar lo trágico conduce a buscar interrogar este ser/estar-aquí en aquello debajo que emerge a la superficie. La nervura ontológica de la tragedia griega es la conjunción hombre/dios. La tragedia es, poca o mucha, el modo laico de tratar de esta conjunción.


    Sin embargo la conjunción no es el tema de la tragedia; es la condición de posibilidad de lo trágico. Como lo anotan Jean-Pierre Vernant y Pierre Vidal-Naquet, el tema de la tragedia griega no es la fusión dionisiaca —excepto tal vez en las Bacantes—. No es, como lo cree Platón en el Cratilo, debido a la imposibilidad de un lazo entre los hombres y los dioses que se plantea la pregunta trágica. Al contrario, para que la problemática trágica encuentre cómo desarrollarse, este lazo tiene que estar establecido de antemano. No es la posibilidad de la conjunción lo que está en cuestión en la tragedia, sino las posibilidades de juego que ofrece, para el hombre, esta conjunción. “La relación es, si ella es, sólo lo que deshace en su principio —y sobre su cerca o sobre su límite— la autarquía de la inmanencia absoluta”, escribe Jean-Luc Nancy. La relación hombres/dioses funciona de la misma manera en la tragedia: es la puesta en crisis por los segundos (los dioses) de los límites de los primeros (los hombres). Hace falta siempre, para que haya trágico, que la autarquía de la in- manencia absoluta sea desechada. Pero el movimiento trágico no se constituye al desechar la inmanencia: es cuando esto se logra, que un movimiento trágico puede, tal vez, aparecer.

     

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